jueves, 16 de noviembre de 2017

REGRESIONES A VIDAS PASADAS


El autor del presente reportaje es el primer médico español al que una administración sanitaria concedió la autorización para ejercer la terapia regresiva. Hasta el momento ha tratado con este método a más de 1.700 pacientes, muchos de los cuales recordaron fascinantes detalles de sus anteriores encarnaciones e incluso llegaron a describir qué es lo que sucede tras la muerte y cómo es el más allá. Por Dr. Juan José López Martínez
La terapia regresiva es un método transpersonal mediante el cual el ser humano es capaz de llegar al origen de sus emociones, derivadas de las sensaciones y síntomas que le perturban y que incluso puede somatizar en el plano físico. Estos cuadros, etiquetados como de origen psicosomático y carentes de una etiología orgánica, podemos abordarlos con la terapia regresiva  con el objetivo encontrar al origen de esas emociones. A través de dicha técnica hemos descubierto que esos disturbios emocionales están latentes en el alma de las personas como consecuencia de experiencias pasadas, las cuales se pueden reactivar ante determinadas circunstancias, causando problemas. Al entrar en contacto con esas emociones, el ser humano experimenta un estado expandido de conciencia –capacidad natural que todos poseemos–, lo que facilita el acceso al proceso regresivo. De este modo, los terapeutas pueden seguir el hilo conductor de la emoción hasta llegar a su origen, que puede estar en cualquier momento anterior al actual. Durante una regresión, el individuo puede revivir experiencias acontecidas en su primera infancia, durante el nacimiento o cuando permanecía en el vientre materno… E incluso puede regresar a una vida anterior, como veremos a continuación. Desde siempre, el ser humano viene haciéndose tres preguntas fundamentales: ¿De dónde vengo?, ¿para qué he venido? y ¿la muerte es el final de todo? Mediante la terapia regresiva podemos hallar respuesta a estas cuestiones, pero en el presente reportaje únicamente me voy a centrar en la tercera de las mismas por razones de espacio. Eso sí, quiero dejar bien sentado que mi finalidad es encontrar una solución o, al menos, aliviar los problemas que me plantean los pacientes, no demostrar la existencia de la reencarnación. Pero después de tantos años realizando regresiones, es innegable que esta terapia puede construir una evidencia de su realidad.
Mi primer contacto con la experiencia de recordar vidas pasadas se presentó de forma inesperada. En ese tiempo pensaba que la terapia regresiva sólo abarcaba desde el vientre materno hasta el momento actual y rechazaba cualquier idea reencarnacionista. Todo sucedió durante una sesión con una paciente con la que ya había realizado tres sesiones, durante las cuales logré localizar el motivo de su problema. Desde mi punto de vista debía darle el alta, pero ella insistió en llevar a cabo una última regresión porque decía que se encontraba estupendamente después de cada terapia. Acabé accediendo.

«VIVO EN 1640»
Ana María, un empresaria de 53 años de edad, se presentó puntual en mi consulta. Tras reclinarse en el sillón, le sugerí que cerrara los ojos y comencé con la regresión. En cierto momento, su gesto cambió, como si estuviese viviendo algo extraño. Tras unos segundos de silencio, me atreví a preguntarle qué estaba pasando, a lo que me respondió con un escueto «estoy muerto». Por un momento no supe cómo reaccionar, hasta que se me ocurrió soltar: «Querrás decir estoy muerta». Ana María, con rotundidad, repitió: «He dicho que estoy muerto». 
En este momento estuve a punto de decirle que abriera los ojos y dar por finalizada la sesión, porque la situación me estaba superando, pero intenté convencerme de que se trataba de una mera fantasía. Gracias a ese pensamiento desapareció en mí el estado de confusión y me dispuse a seguir adelante. «¿Cómo es eso de que estás muerto?», continué. Su respuesta aumentó mi curiosidad: «Soy un niño que tengo ocho años, es de madrugada, voy vestido de marinerito y estoy flotando boca abajo en el mar porque ha ocurrido un naufragio y nos hemos ahogado todos.