lunes, 25 de enero de 2016

VIRUS EXTRATERRESTRES: UNA AMENAZA REAL


Juan José Sánchez-Oro

Nuestro planeta no orbita por el espacio dentro de una burbuja hermética, sino que convive con otros cuerpos y bólidos celestes cuya capacidad para contener vida aún no conocemos con exactitud. Planetas, meteoritos y cometas, podrían cobijar microorganismos cuyo contacto con los seres humanos causaría enfermedades infecciosas de fatales consecuencias. Para algunos investigadores, estos impactos exobiológicos, además de ser una amenaza real, ya habrían provocado en el pasado algunas de las epidemias más mortíferas para la humanidad, como la Peste Negra.
La Armada americana desvía de su órbita un satélite militar hasta precipitarlo contra la Tierra. Es el procedimiento habitual, porque se trata de un vehículo de análisis que toma muestras del aire existente en la atmósfera superior. El impacto tiene lugar cerca de una pequeña localidad de Nuevo México, donde a raíz del suceso y en menos de 48 horas fallece toda la población víctima de una misteriosa dolencia. Cuando llegan los biosanitarios del ejército, enseguida comprenden que aquella sonda espacial portaba un desconocido microorganismo que resulta mortífero al contacto con los seres humanos. La epidemia comienza a extenderse con singular virulencia y los científicos no saben a lo que se enfrentan. Únicamente tienen la certeza de que aquella forma de vida microscópica no es terrestre. Flotaba libremente en el espacio cuando, por casualidad, fue atrapada como una muestra más por el satélite derribado. Ahora la situación es desesperada…
Por supuesto, estas líneas tan solo son el argumento de una famosa novela de Michael Crichton, titulada La amenaza de Andrómeda. Un éxito editorial que tuvo su reflejo también en el cine. Sin embargo, la trama de fondo va más allá del puro entretenimiento. ¿Estamos hablando solo de ciencia-ficción? O, por el contrario, ¿puede algún agente patógeno extraterrestre atravesar las defensas naturales de la Tierra y provocar infecciones letales en nuestro mundo? ¿Acaso ya ha sucedido?
Desde hace varias décadas, numerosos científicos vienen defendiendo la posibilidad de que la «semilla» que dio origen a la vida en la Tierra pudiera provenir del espacio exterior. Esta hipótesis ha cobrado forma bajo el nombre de «panspermia» y, en alguna de sus variantes, plantea la idea de que unas cuantas bacterias extraterrestres podrían haber recalado en nuestro planeta transportadas por un meteorito. La pregunta entonces resulta obvia. Si la vida pudo introducirse en nuestro mundo por esa vía, ¿también podría hacerlo la enfermedad?
La atmósfera no sería un escudo suficiente para impedir su paso, porque, de hecho, se ha comprobado la supervivencia de microorganismos en sus capas más altas. En 2003, un equipo de astrobiólogos de las universidades de Cardiff y Sheffield recogieron muestras de aire a una altitud entre 20 y 41 km, con la ayuda de un globo aerostático. Así detectaron la presencia de células vivas a diferentes alturas y, aunque estos microorganismos presumiblemente eran de origen terrestre, lo cierto es que el estudio demostró la viabilidad de esta minúscula forma de vida en puntos extremos de nuestra estratosfera. También existen un buen número de bacterias denominadas extremófilas, capaces de sobrevivir en entornos muy exigentes a muy alta o muy baja temperatura. O bien en un medio pobre de recursos, donde el resto de los organismos vivos fracasan. Otra opción sería que esos gérmenes patógenos pudieran venir adheridos a la cola de un cometa.