miércoles, 19 de agosto de 2015

ROBERTO SALVAREZZA, PRESIDENTE DEL CONICET:“Los científicos tienen el deber de impactar en el entramado social”

Es doctor en Bioquímica y desde abril de 2012 dirige el principal organismo que promueve la ciencia y la tecnología en la Argentina. Aquí cuenta cómo funciona el Consejo, detalla el avance de la investigación en el país en los últimos años y explica cuál es el papel de la ciencia en el modelo instaurado a partir de 2003.
 Por Pablo Esteban
Casi sin excepciones, toda investigación surge para resolver una duda y desanudar un problema. Una curiosidad intensa que motoriza las aspiraciones personales y modifica las vidas de unos sujetos que, devenidos científicos, se pasarán sus horas develando tal o cual misterio que, en algunos casos, afrontarán como si de una experiencia religiosa se tratara. Se encerrarán en sus cabezas –encerradas en laboratorios– mientras por las ventanas desfilarán los sucesivos veranos, otoños, inviernos, primaveras, y de nuevo más veranos, más otoños.
¿Y para qué sirve su trabajo? O, dicho de otro modo, ¿qué hacer para que sus logros se palpen en lo cotidiano? En definitiva, ¿qué impacto tiene la ciencia en la vida de las personas? ¿Se puede vivir sin científicos?
El Conicet es el principal organismo que, en Argentina, se dedica a la promoción y a la ejecución de actividades científicas y tecnológicas. Su actividad se divide en cuatro áreas que agrupa diversos campos de estudio: ciencias agrarias, ingeniería y de materiales; ciencias biológicas y de la salud; ciencias exactas y naturales, y ciencias sociales y humanidades.
Por intermedio de sus diversos campos de trabajo se ocupa de fomentar y financiar investigaciones que apuntan al desarrollo de la economía nacional y a la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos.
El Consejo fue creado en 1958 y su primer presidente fue Bernardo Houssay. Desde su fundación hasta la actualidad, la institución navegó los mares de diferentes gobiernos y se acomodó como pudo en los intersticios que dejaban los proyectos nacionales. Tras una primera etapa de incertidumbre y de incipiente desarrollo, el Conicet se reflejó en espejos que no le devolvieron la imagen y se acostumbró a surcar realidades opacas.
Tras la dictadura, durante los ochenta y los noventa, la ciencia se convirtió en mala palabra y los científicos fueron perdiendo presencia –¿esencia?– hasta convertirse en fantasmas cuya existencia molestaba. Poco a poco, se configuraron como una plaga que era necesario erradicar, un grupo de empleados ociosos que no contribuían en nada al progreso de la nación: individuos errantes que no tenían sentido en un marco neoliberal que los expulsaba y los mandaba a lavar los platos hacia otras latitudes.
El presidente del Conicet, Roberto Salvarezza, analiza el estado actual del sistema científico en Argentina, subraya cómo se modificó el campo durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández y explica con una mirada prospectiva por qué es importante el fomento de las vocaciones científicas.

Ciencias duras, ciencias blandas

–¿Cómo definiría el concepto de ciencia? –La ciencia es la búsqueda del conocimiento. El concepto tiene una raíz latina que refiere a “conocer”. Frente a ello, se derivan dos caminos posibles. Por un lado, el investigador podría tener la intención de conocer por curiosidad, es decir, por la acción que implica formular una pregunta y poder responderla (ello abarca todos los campos científicos, tanto las disciplinas sociales como las exactas, las naturales, etc.). Mientras que, por otro lado (como sucede en el caso de las ingenierías), al individuo le puede interesar aplicar los conocimientos para resolver un problema puntual que se desarrolla en lo cotidiano.
–En este marco, se presenta un interrogante que se vincula de modo directo con las percepciones y las concepciones que componen el propio concepto de ciencia. ¿Dónde ubicar a las ciencias sociales? Desde una perspectiva funcionalista, ¿qué rol cumplen en la sociedad? ¿A qué necesidad responden? –Desde mi punto de vista, las diferencias entre las disciplinas exactas y las sociales se han pulido bastante. Cuando llegué a la presidencia del Conicet, siempre que discutía sobre ciencia pensaba en aplicaciones y dispositivos tecnológicos. En este sentido, un día leí un artículo de un investigador del Instituto Gino Germani que criticaba el reduccionismo de mi postura. Era mi primer año en el cargo y el escrito señalaba algo así como “el doctor Salvarezza se olvidó de las ciencias sociales”. Por eso, decidí pensar al respecto y abogar por la construcción de un enfoque más integral. Y la realidad es que la aplicación de las ciencias sociales es enorme. Diría que es una de las áreas en que más participa la institución.
–El 20 por ciento de los investigadores que pertenece al Consejo desarrolla sus proyectos en el área de las ciencias sociales y las humanidades... –Exacto. Además, los investigadores ligados a esta rama generan un conocimiento que es de enorme importancia para el Estado.
–¿Por qué? –Tenemos investigadores de la institución presentes en múltiples organismos. Hay científicos que trabajan en el Ministerio de Trabajo en colaboración con Carlos Tomada; historiadores y sociólogos que abordan problemáticas de género; recursos humanos especializados en temas de urbanización que estudian cómo se distribuye la población y exploran las estrategias para mejorar la calidad de vida de las personas en asentamientos y en viviendas precarias; personal dedicado a estudiar los procesos de comunicación que investigan el rol de los medios de comunicación y su vínculo con los derechos humanos, etc.
–¿Y cómo participan estos estudios en aquello que denominamos “realidad”? –El Estado necesita de cientistas sociales e intelectuales que desarrollen investigaciones de calidad para afrontar los procesos de toma de decisiones y la generación de consensos en las distintas áreas que conforman nuestra sociedad. Un caso emblemático es el de la Fundación YPF. Uno esperaría la demanda de geólogos o ambientalistas, y la realidad indica que uno de los principales temas sobre los que YPF quiere trabajar se relaciona con los conflictos sociales. Nos solicitan científicos que pertenezcan a dichas disciplinas y estén preparados para explicar las relaciones entre las condiciones laborales, las características demográficas y los movimientos comunitarios.
–Lo mismo que ocurre en YPF podría aplicarse al ejemplo del litio... –Sí, claro. Somos el tercer país con mayor reserva de litio en el mundo (en referencia a la zona compartida con Chile y Bolivia). Hoy en día, si se decide encarar un proyecto nacional no sólo es importante considerar la extracción del recurso sino que, también, es necesario abordar la temática desde una perspectiva holística que considere, por ejemplo, el manejo del agua y el impacto económico, social y político para los pueblos originarios y los habitantes de la zona. Para todo ello, se necesitan investigadores que analicen los grupos sociales. Y por suerte, en el Conicet los tenemos y son muy buenos.

Una ciencia cotidiana

–Si tuviera que retrotraerse a épocas precedentes y comparar con la actualidad, ¿cómo caracterizaría el estado de la ciencia en el país? –En comparación a décadas precedentes, todo el sistema científico se ha robustecido. Desde el 2003 a la actualidad se incrementó el presupuesto de Conicet de 260 millones a 5200 millones; se pasó de 3000 a 9000 investigadores, de 1800 a 10.000 becarios; de 100 a 250 institutos de ciencia. Ahora bien, con esta realidad el desafío es entender cómo actuar, cómo manejarnos.
–Se trata de articular la aplicación de la ciencia en el engranaje productivo de la nación... –Sí. Tenemos que lograr que la ciencia esté presente en todo el entramado económico y social. Se trata de llevar salud a los hospitales –biología molecular al diagnóstico, por ejemplo–, transferir conocimientos y recursos humanos que trabajen temáticas de justicia –en relación con la firma de acuerdos para capacitar técnicamente a los investigadores en laboratorios judiciales– y ni hablar de nuestra injerencia en los desarrollos de tipo productivo y tecnológico. En definitiva, existen muchos canales por los que se ha transferido conocimientos y recursos humanos capacitados para que la ciencia se involucre en la vida cotidiana de las personas.
–¿Qué ventajas cree que presenta un país que tiene un sistema científico fortalecido? –Esta pregunta se puede abordar desde múltiples dimensiones. En primer lugar, Conicet no podría continuar creciendo si se tornara incapaz de impactar en la población. Para tener trabajos publicados en buenas revistas alcanza con un número bastante más reducido de científicos. En cambio, como el principal objetivo al que apuntamos es transformar la sociedad, nos esforzamos por formar la mayor cantidad de investigadores capaces de plantear soluciones frente a los conflictos locales. En estrecho vínculo con el punto anterior, pero desde una visión macro, es clave definir qué proyecto de país y qué visión a futuro poseen los gobernantes, para que la ciencia camine por un trayecto seguro.
–Y frente a ello, ¿qué proyectos de país piensa que existen? –Creo que podríamos definir, a grandes rasgos, dos grupos. Si –como ocurre en la actualidad– las convicciones de los gobernantes se orientan hacia la construcción de un país cuyas empresas compitan, una nación con industrias que produzcan innovaciones y hacia la consolidación de una economía pujante con marcado desarrollo interno y expansión hacia el exterior, será clave el fortalecimiento del sistema científico. En cambio, si pensamos –como en los noventa– que lo único que interesa es el sistema financiero y las exportaciones primarias, por supuesto, Argentina no requiere de un sistema científico fuerte. Cuando Domingo Cavallo mandó a lavar los platos a los investigadores del Conicet no expresó nada distinto a lo que en realidad creía: ¿para qué sirven los científicos en un modelo neoliberal? Para el Estado, la ciencia era un gasto inútil y los investigadores conformaban un grupo de empleados ociosos. Ahora bien, si construimos nuestro propio satélite, si incrementamos la producción nacional de medicamentos, si buscamos consolidar la biotecnología y cultivamos semillas propias, lo que se necesita, indefectiblemente, es una estructura apta para realizar innovaciones. Desde esta perspectiva, el imaginario sobre el modelo de país orienta las políticas públicas que se realizan para construir una dinámica social determinada.
–Usted señaló que durante la última década se revitalizó el sistema científico desde un punto de vista material, pero también simbólico. ¿Qué quiere decir con eso? –En los ochenta y en los noventa, las políticas expulsaban a los científicos. Fueron décadas de éxodo económico en que los investigadores se marchaban del país por la ejecución de medidas que tendían a la hiperinflación y porque ganaban sueldos miserables que no les alcanzaban para vivir. Algo parecido ocurrió en el 2000. Entonces, ¿cuál es la concepción que se tiene del sistema científico si se expulsa a los individuos que fueron capacitados para producir ciencia? Eran trabajadores que al Estado no le interesaba mantener, empleados que sencillamente sobraban. Con la administración de Néstor Kirchner la óptica cambió totalmente. Fue un presidente que ni bien comenzó con su gestión, propuso la formación de 1400 becarios para 2004 –cuando ingresaban 200 anualmente– que planteó la recomposición salarial en el Conicet y que impulsó la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación productiva.
–¿Por qué cree que actuó de esa manera Néstor Kirchner? –Porque el modelo de país que Néstor tenía en la cabeza concebía la conformación de un Estado fuerte, capaz de producir su propia ciencia y desarrollar su propia tecnología. La ciencia y la técnica en Argentina se relanza desde la órbita estatal y no desde el sector privado.
–En la actualidad, ¿qué lugar cree que ocupa la ciencia? –Hoy en día, la ciencia está bien instalada en el imaginario colectivo. La creación del parque Tecnópolis es ilustrativa al respecto. Argentina posee un espacio en que la ciudadanía debate sobre el conocimiento. La realidad de 2015 es otra: hoy discutimos cómo hacer ciencia, hacia dónde queremos ir y cómo actuar en consecuencia. En el pasado, la ciencia ni siquiera estaba en discusión porque no estaba en la agenda de ningún gobierno. En el 2001, por ejemplo, debatíamos sobre cómo pagar la luz de los institutos de ciencia y si lo cerrábamos al día siguiente por falta de recursos. En síntesis, los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández instalaron a la ciencia como un insumo vital para que la sociedad camine y, al mismo tiempo, crearon una deuda. Hoy, los científicos tienen el deber de impactar con sus trabajos en el entramado social.