sábado, 8 de agosto de 2015

Las enseñanzas de la muerte de Cecil, el león


Este es un artículo de opinión de Rosie Cooney, quien preside el Grupo Especialista de Uso Sostenible y Sustento de la Unión para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
 Cecil, el magnífico y querido león que formaba parte de un proyecto de investigación a largo plazo, fue atraído fuera de su refugio en el Parque Nacional Hwange, en Zimbabwe, por un cazador furtivo que le disparó y lo dejó agonizar hasta la muerte.
El episodio, ocurrido en julio, generó tal escándalo, que vale la pena detenerse a pensar qué pasaría si a partir de ahora se prohibiera la caza de trofeos en todo el continente africano.
Esta práctica es el fin de la limitada caza de “alto valor”, en la que personas, que suelen tener mucho dinero y son principalmente occidentales, pagan importantes sumas para poder matar animales.
Imaginemos qué sucedería en África austral, un área que ocupa casi el doble de la suma de los parques nacionales de la región.
El hecho genera tal indignación y repugnancia, pues se matan animales por deporte, y en algunos casos, como en el de los leones, ni siquiera se come su carne. Incluso los millones de cazadores recreativos de fin de semana con sus refrigeradores llenos tienen dudas sobre la caza de trofeos.
Es una práctica que no tiene casi cabida en un mundo moderno, donde la humanidad avanza hacia una posición ética que, cada vez más, otorga a los animales los mismos derechos morales que los seres humanos se conceden (al menos en principio) entre sí.
Imaginemos ahora que la Unión Europea y América del Norte prohíben la importación de trofeos, mientras Namibia, Sudáfrica, Zimbabwe y otros países prohíben la caza de trofeos, las compañías aéreas se niegan a transportarlos y la actividad muere lenta (o rápidamente), liberando al mundo de esa sucia mancha sobre la conciencia colectiva.
Nos concentramos en mirar a África austral, orgullosos lo que logramos firmando una convocatoria en Internet, presionando a dirigentes políticos y compartiendo y comentando artículos en Facebook.
¿Salvamos a los leones? ¿Preservamos áreas naturales? ¿Le asestamos el golpe de gracia al tráfico de vida silvestre? ¿Liberamos a las comunidades locales de los cazadores extranjeros imperialistas?
Volvamos al Parque Nacional Hwange, donde murió Cecil. La Autoridad de Gestión de Parques y Vida Silvestre de Zimbabwe, responsable de la gestión de ese y otros parques, tiene ahora enormes problemas.
El organismo obtiene sus ingresos para proteger, conservar y gestionar la vida silvestre en todo el territorio nacional de la caza de trofeos, y recibe magros recursos del gobierno central, que no tiene fama precisamente de fomentar la buena gobernanza ni la transparencia en materia de gestión de fondos.
El presupuesto del parque Hwange sufre un recorte radical y hay pocos recursos para automóviles o equipos de patrulla. La carne procedente de cazadores furtivos aumenta y los guardaparques no tienen equipos para hacerles frente. El uso de trampas con alambres es indiscriminado, y permite atrapar a muchos leones, entre otros predadores, que agonizan y sufren una muerte sin sentido.
En Namibia, más de la mitad de las áreas de conservación comunitaria, que cubren 20 por ciento del país, colapsan porque sus ingresos, no derivados de actividades relacionadas con la caza, como el turismo, no alcanzan para que sean viables y no pueden encontrar fuentes alternativas de ingresos.
Los espacios de conservación comunitaria de Namibia son una innovación de los años 90, y son responsables del pronunciado aumento de varias especies silvestres fuera de los parques nacionales, como elefantes, leones y rinocerontes negros. Los ingresos procedentes de la caza de trofeos y del turismo impulsaron a las comunidades a dedicar sus tierras a la conservación.
Las comunidades se quedan con el 100 por ciento de los beneficios del uso sostenible de la vida silvestre, incluida la caza, casi 18 millones de dólares namibios (unos 1.200 millones de dólares estadounidenses) en 2013, que usaron para construir escuelas, centros de salud, caminos, capacitación y emplear a 530 guardabosques para proteger la fauna y flora.
Casi dos millones de comidas ricas en proteínas al año fueron un subproducto de la caza. Ahora todo eso se esfumó. Algunas pocas áreas de conservación consiguen donantes adinerados para no desaparecer, y cruzan los dedos con la esperanza de que esas donaciones se mantengan en las próximas décadas.
Los guardaparques están desempleados, sin poder alimentar a sus familias y en busca de alguna oportunidad para conseguir ingresos. Las comunidades dedicadas a la conservación están furiosas, pues nadie las consultó sobre tan importante decisión. Pocos periodistas y activistas sociales reflejan su propia visión de la situación.
Las comunidades y las autoridades responsables de la conservación vuelven a enemistarse.
Allí donde colapsaron las áreas de conservación, se destruye la vida silvestre. Las malas épocas anteriores a la reforma volvieron y la fauna vale más muerta que viva.
Los vientres hambrientos se alimentan de la caza ilegal y los cazadores furtivos ganan terreno. Las comunidades locales ya no están interesadas en suministrar información a la policía para ayudar a proteger la vida silvestre, los programas de guardaparques colapsaron por falta de fondos, y los cuernos de rinoceronte, los huesos de león y el marfil se embarcan ilegalmente rumbo a Asia Pacífico.
En Sudáfrica, se terminó la caza de trofeos, incluso la pequeña proporción que estaba “cercada”. En las haciendas privadas, que cubren unos 20 millones de hectáreas, los ingresos procedentes de la vida silvestre colapsan.
Las propiedades con paisajes pintorescos, cerca de las grandes rutas o atracciones turísticas y que cuentan con infraestructura turística sobreviven gracias al fototurismo, pero se acabó el tiempo de ampliar la vida silvestre comprando tierras y reponiendo con más ejemplares.
La mayoría de los otros hacendados volvieron a tener ganado vacuno y caprino y a cultivar para poder pagar la educación de sus hijos y la hipoteca de su casa.
La vida silvestre en esas tierras se desvaneció, en gran medida, como su hábitat, y volvieron los paisajes degradados por la agricultura, que prevalecieron antes de los años 70, cuando se legalizó el uso de la vida silvestre por los hacendados (incluidos los cazadores).
Los leones que estaban en esas tierras se fueron hace tiempo, y a los pocos que quedan en los parques nacionales se los mata en cuanto traspasan sus límites porque se convierten en un problema. El gran éxito en materia de conservación de Sudáfrica se deteriora rápidamente.
¿Especulación? Sí, pero es un pronóstico razonable porque ya pasó.
La prohibición de la caza de trofeos en Tanzania, entre 1973 y 1978, Kenia, en 1977, y en Zambia, ente 2000 y 2003, aceleró la rápida pérdida de vida silvestre por la eliminación de incentivos a la conservación. Los primeros reportes indican que ya hay indicios similares en Botswana, que el año pasado prohibió todo tipo de caza.
Lloremos por Cecil, pero tengamos cuidado con lo que deseamos…